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Francis González: el atentado en el Metro se llevó una parte de mi vida

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Francis González: el atentado en el Metro se llevó una parte de mi vida

“Por favor, apáguenme. Ayúdenme a apagarme, no me dejen morir aquí”, suplicaba Francis González en el piso del primer vagón del Metro mientras se incendiaba en la fatídica mañana del 27 de octubre del 2014.

El fuego se extendía con intensidad, mientras los pasajeros trataban de salvarse del siniestro provocado por Frankeli Holguín Medina, quien purga una condena de 35 años de prisión.

Hace seis años de aquel terrorífico día en que sobrevivir fue una odisea para González.El joven, que tenía 32 años, iba retrasado a su trabajo como diseñador gráfico porque en el desayuno se derramó chocolate caliente en la camisa blanca, quizás como un presagio de lo que sucedería más tarde.

Ese incidente de pocos minutos hizo que González abordara el Metro en el que se vivió el atentado terrorista. Por ello, él siente que estuvo ahí por un motivo ya que fue quien se percató de que Holguín encendía “algo” en su mochila y dio la voz de alerta a los demás pasajeros. “Yo grité para que los demás se pusieran en alerta y por eso él me lanzó la mochila y yo salí tan afectado”, narra González.

Justo a las 8:10 de la mañana González abordó el tren que 20 minutos más tarde estaría en llamas. Todo fue muy rápido pero para él fue eterno. Se quemaba en el piso del vagón donde inició el fuego, respiraba humo, se movía intentando apagarse y cuando ya estaba cansado, apareció un señor ciego, que cuando escuchó los gritos de las personas solo atinó a esconderse debajo de un asiento.

El hombre se arrastró hasta González y lo apagó con su mochila. “Yo parecía una fogata, yo tenía el fuego encendido debajo de mi brazo izquierdo”, relata.

Como ambos estaban solos, González ayudó al señor no vidente a salir del metro, pero sus quemaduras eran tan profundas que cuando intentó bajar una palanca para abrir la puerta, la piel de su mano quedó en ella.

Cuatro años después, las heridas de González seguían abiertas. Para reconstruir su vida y apariencia necesitó 10 cirugías de injertos. En las últimas operaciones los doctores ya no tenían de dónde quitarle piel para ponerle en las partes afectadas.

Para sobrevivir necesitó todo el tratamiento que disponía la unidad de quemados del hospital Luis Eduardo Aybar para todos los pacientes, por lo que la Vicepresidencia de la República tuvo que aportar con las medicinas.

El joven tuvo quemaduras en el 90% del cuerpo y en dos ocasiones algunas heridas se infectaron. Luego que le colocaran injertos en la espalda durmió sentado durante ocho largos meses.

Por la tragedia su vida se paralizó literalmente. Necesitó usar silla de ruedas durante los primeros seis meses pero con las terapias volvió a caminar.

El proceso fue tan doloroso que cuando daba cinco pasos tenía que sentarse y tomar medicamentos. Cuando logró dar 200 pasos, él y su familia celebraron como si fuera un niño que aprendió a caminar. “Lo celebré comiéndome una tostada y un jugo”, dijo entre risas.

Tuvo que interrumpir sus estudios en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Aunque las ansias de recuperar su vida le llevaron a reinscribirse, “eso fue difícil porque yo debía tener mucho cuidado con las heridas. Tuve que abandonar”. Al año del suceso, González fue cancelado del trabajo.

Más doloroso que caminar y “visitar” el quirófano interdiario a recibir “raspones” en la piel para limpiar las heridas fue no poder cargar a su bebé cuando nació, ni muchos meses después. “Una de las situaciones más difíciles de todo esto fue la parte emocional porque yo no pude cargar a mi hijo los primeros dos años de su vida y a veces lo intentaba y me pesaba mucho y me hacía daño, pero yo lo hacía porque necesitaba sentir el cariño de mi hijo”, indicó notablemente emocionado.

Aunque al poco tiempo su esposa lo abandonó, mantuvo la ilusión de demostrarle a su hijo “que su padre nunca se rindió”. Por ello, pese a la sordera parcial, la atrofia muscular en la mano izquierda y la falta de movilidad en los dedos índice y anular, con gran esfuerzo ha vuelto a diseñar; trabaja como diseñador gráfico de manera independiente y este año retomó la universidad.

Sin embargo, González recibe pocas propuestas de trabajo y las empresas no le contratan de forma fija, por lo que su economía no es muy buena.

La indemnización de RD$4 millones que la Oficina para el Reordenamiento del Transporte le pagó no fue un gran alivio porque tuvo que comprar un carro: los taxistas no querían transportarlo cuando iba al hospital porque sus heridas drenaban y ensuciaba los asientos.

Los abogados, por otro lado, les cobraron casi RD$2 millones por el caso contra Holguín Medina y el resto del dinero se fue en alimentos y medicamentos.

Es hoy, tras seis años, que González siente que ha retomado su vida, razón que le lleva a decir que el atentado no fue fallido: le robó parte de su vida.

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