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Los ‘bouquinistes’ de París celebran 475 años: “Seremos los últimos pequeños libreros”

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Las sirenas de la policía resonando a gran velocidad son una de las pocas cosas que perturban la tranquilidad de Jérôme Callais, quien a diario, desde hace 35 años, abre su puesto de ‘bouquiniste’ (vendedor de libros de segunda mano) junto al Sena, sintiéndose orgulloso de preservar una tradición parisina que cuenta con 475 años de historia.

“Las pequeñas librerías de barrio están cerrando una tras otra y no están siendo sustituidas. Nosotros tenemos un modelo económico que nos permite seguir, creo sinceramente que seremos los últimos pequeños libreros”, expresa a EFE Callais, que también es presidente de la Asociación Cultural de los Bouquinistes de París.

Nadie puede imaginar Venecia sin sus góndolas, dice este ex músico que cambió el contrabajo por el papel, y de igual manera, nadie puede concebir París sin sus libreros del Sena, incluso en un mundo lleno de velocidad y tecnología.

Por ello, para asegurarse de que este legado perdure y celebrar medio milenio de historia en 25 años, Callais y sus colegas decidieron organizar una fiesta en 2025 por sus 475 años, y el próximo viernes han invitado a vecinos, curiosos y figuras de la Cultura y del Gobierno a reunirse con ellos en el Pont Neuf.

La idea de esta celebración surgió después de que Callais asistiera al centenario de la emblemática feria de libros callejera de la Cuesta de Moyano en Madrid. “La Cuesta de Moyano es considerada un tesoro nacional y nosotros, en París, sentimos que somos tratados como vagabundos”, lamenta.

Defiende su oficio como una especie de “sacerdocio”, como “embajadores de la cultura” con un contacto directo con el público, aunque recalca que quien aspire a “hacerse rico” no debería dedicarse a ser ‘bouquiniste’.

No solo regresan los libros de segunda mano a la vida, aclara, sino que su labor también consiste en “destacar libros que a veces han pasado desapercibidos porque salieron a la venta en un mal momento” y que podrían haber sido verdaderos ‘best sellers’. Aquí no hay “puerta que empujar” como en las librerías, pero se requiere “una cierta cultura, un cierto conocimiento”, señala Callais, para desempeñar la profesión.

La venta de ‘souvenirs’ es un tema controvertido. Ser ‘bouquiniste’ es fundamentalmente vender papel, defiende el presidente de la asociación cultural, aunque reconoce que en algunas áreas la tradición se ha visto comprometida y que los emblemáticos puestos verdes junto al río solo venden ‘souvenirs’ para turistas, como llaveros de la Torre Eiffel o ‘tote’ bags.

“Es lo que yo llamo un mal necesario”, explica, ya que para muchos de sus colegas representa una fuente de ingresos vital. Sin embargo, hay áreas, como el paseo junto al Louvre o el de Saint-Michel, que están completamente “podridas”, en sus palabras, debido a la práctica del comercio de recuerdos.

A pesar de que las regulaciones prohíben esta práctica, Callais exige al Ayuntamiento que las haga cumplir. Relaciona el problema con el “abandono” institucional que sufrieron entre 2001 y 2008, un periodo en el cual no tenían interlocutor en el Consorcio de la capital.

“Cuando despertaron, muchos ‘bouquinistes’ comenzaron a vender más recuerdos, y cada vez más. Y el librero que se aventuró con los ‘souvenirs’ es como el león que probó la carne humana, ya no puede prescindir de ellos porque no se necesita ser culto ni tener conocimientos de librero; solo basta con saber contar”, argumenta.

Sin embargo, “nadie puede ignorar el reglamento y la ley”, enfatiza Callais, mientras intentan “aislar” las áreas problemáticas para conservar el auténtico espíritu del bouquiniste.

Es una tradición cuyos orígenes se remontan a 1550 (aunque Callais admite que la fecha es un tanto arbitraria por la falta de documentación), en los alrededores de la Sainte Chapelle y del Palacio de Justicia, no muy lejos de la Sorbona, con los primeros ‘colporteurs’ (vendedores ambulantes) de libros que luego migraron a las orillas del Sena, a la zona del Pont-Neuf.

Era un área frecuentada por personas notables que, sobre todo, sabían leer y disponían de medios económicos para adquirir libros de segunda mano, solo un siglo después de la invención de la imprenta.

Casi 475 años después, aunque a veces enfrentan desafíos como la situación con los Juegos Olímpicos de 2024, cuando el Gobierno propuso retirarlos temporalmente del Sena, París sigue siendo, gracias a ellos, como apunta Callais citando al escritor Blaise Cendrars, la única ciudad en la que un río fluye entre dos hileras de libros.

creditos de las imagenes de este post: Robertocavada.com

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