Economía
La sapiencia de la prudencia
Nadie pone en duda la trayectoria política de Alfredo Pacheco ni su papel como dirigente de valor en el Partido Revolucionario Moderno (PRM). Su lucha y capacidad de supervivencia política son parte del conocimiento público.
No obstante, como si intentara dar directrices al presidente Luis Abinader por los decretos que designaban nuevos funcionarios, Pacheco perdió de vista la prudencia, esa virtud de actuar con sensatez, cautela y buen juicio, evaluando lo bueno y lo malo para elegir el mejor curso de acción, evitando riesgos innecesarios y considerando las consecuencias.
Lo sucedido en la Cámara de Diputados no fue un debate legislativo ni una diferencia doctrinaria sobre políticas. Fue, en realidad, un enfrentamiento directo con el jefe de Estado sobre designaciones que Pacheco mismo descalificó, argumentando que los nombrados no representan al “verdadero” perremeísmo, sino que son “arribistas” que “están en todos los gobiernos”. Esta postura, llevada al hemiciclo, desdibuja el rol del Congreso y confunde el ejercicio del poder con la lógica de una parcela partidaria.
A pesar de que en nuestra cultura política persistan estas confusiones, las instituciones del Estado no pertenecen a ningún partido ni a corrientes internas. No pueden ser el escenario de reclamos que deberían canalizarse en los espacios orgánicos de una organización política. El Congreso Nacional debe legislar, fiscalizar y representar, no ser un medio para expresar inconformidades internas ni para representar disputas por posiciones de poder.
Disentir es legítimo. La democracia se alimenta del contraste de ideas. Sin embargo, no toda discrepancia es responsable cuando se ejerce sin prudencia ni conciencia institucional.
La reacción de Pacheco no es un gesto aislado ni una posición ingenua. En el ámbito político, pocas cosas son espontáneas, especialmente cuando provienen de líderes con experiencia, perspicacia y ambiciones conocidas. Presentarse como “voz crítica” puede ser una estrategia válida dentro de un partido, pero se torna riesgosa cuando se edifica a expensas de la estabilidad institucional y de la percepción de unidad del Estado.
La prudencia, aunque callada, suele ser la forma más elevada de sabiduría política. En tiempos de desafíos nacionales, el país requiere menos estridencia y más responsabilidad. Menos gestos calculados y más compromiso con el interés de la nación.
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